viernes, 8 de junio de 2012

Un lugar especial para mi.




Hace unos años, a finales de septiembre, llegué a este pueblo. Mi marido, por entonces, llevaba el montaje y el sonido de un grupo de habaneras. No sé que me pasó en cuanto llegamos, pero Tossa me enamoró. Fue salir del coche y ver esa muralla, esa agua, esa arena gordita, esa paz...  

Se oían las gaviotas. Atardecía, el sol estaba jugando con los colores: naranjas, rosas, rojos... aunque siempre acaba por ganarle el azul más oscuro, septiembre es mágico frente al mar.

Hacía pocos días había muerto mi padre. Hasta ese momento, creí que lo tenía todo muy asumido, las últimas semanas fueron duras y el traslado a casa en un estado casi comatoso más. Pero a él le aterraban los hospitales y cuándo vimos que se acercaba el último momento, decidimos trasladarlo a casa. Costara lo que costara. Sus últimos momentos serían en su casa y entre nosotros. Así lo quiso y así lo tuvo. Los médicos de cuidados paliativos me enseñaron a inyectarle morfina. Me dejaron cantidad suficiente para varios días, pero todos sabíamos que no duraría tanto. Nunca he sido tonta: había frasquitos de morfina como para que en un momento dado no sufriera... Sigo agradeciéndole que no necesitara de mi esa dosis final.




Cuando me propuso que le acompañase a Tossa, pensé que me iría bien distraerme un poco. Además las habaneras me gustan y ese grupo especialmente.

Así que si miráis la foto, justo dónde están aparcados los primeros coches cerca del mar, estaba el escenario y  mientras él montaba las luces, los cables, los instrumentos....  yo me acerqué a la orilla. Junto a la primera farola, me senté en una roca. Metí mis pies en aquella agua limpia, fría y clara de  la Costa Brava y de espaldas al mundo lloré.  Lloré, lloré lloré,...lloré. No se cuánto rato estuve así.... Parecerá mentira, pero la playa estaba desierta, y tenía todo el mar y la luna frente a mi. Los hados y el destino respetaron mi pena y mi dolor.

Si, hasta ese momento creí que lo tenía asumido, que es ley de vida, pero no... nunca se asume una pérdida. Tossa me acogió entre sus brazos de mar y me dejó desahogarme. Junté mis lágrimas con su agua y formamos una comunión eterna. Cuánto amaré por siempre a Tossa de Mar.





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