jueves, 20 de septiembre de 2012

Mi vida, mis recuerdos. Yo. (1)

Las primeras cosas que recuerdo, forzando mucho mi mente, son olores: el olor al tostadero de café cuándo nos acercábamos a la casa de mi abuela, el olor  mareante  de los taxis de Barcelona, el olor cuándo entrábamos en la bocana del metro a primera hora del día. El olor que subía del sumidero del patio de mi abuela, el olor de los Bisontes que fumaba mi padre. El olor del colegio cuándo entrábamos el lunes por la mañana,...
 
Todas estas olores son recuerdos vividos de cuándo tenia unos cuatro o cinco añitos, más no y juraría que menos tampoco.
Vienen a mi acompañados de visiones en blanco y negro: mi abuela siempre con sus delantales grisáceos y su negro cabello cubriéndose de canas.  La boina negra de mi abuelo que siempre acababa cual corona en mi cabeza, la de la reina de la casa. El horizonte de las vistas de la terraza de mi abuela,  orientada hacia mi infinito: a la derecha un trocito de mar y la cúpula de la Iglesia Mayor, a la izquierda La Meridiana. Las golondrinas  (o vencejos... no he sabido nunca distinguirlas) que cruzaban chillando el cielo cuándo tumbada en el suelo miraba hacia arriba entre la ropa colgada. La baranda gris de hormigón del patio de casa de los yayos, dónde todos y cada uno de sus nietos y algunos de sus bisnietos  hemos encallado la cabeza al meterla entre dos columnas intentando mirar abajo, a la calle Sócrates, a  la gente de la calle que desde allí parecían hormigas. El blanco de la cal que cubría las paredes de ese patio “la galería” y que se nos pegaba en la ropa cada vez que nos acercábamos a ellas...

Grises y anaranjados, pero no tristes.
Lejanos y calmos. Melancólicos y acogedores.
 
 
 
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     Mi madre nos llevaba a la casa de sus padres cada mañana. Corriendo, casi en volandas, cuándo aún no era ni de día y como dice la sevillana:  “ y el frío más te calaba”. Yo a su lado, sin separarme de ella, cómo si fuese un apéndice más de su cuerpo, intentando seguir sus pasos. Siempre en silencio. Me recuerdo como una niña silenciosa, todo todo todo lo vivía en mi mente, yo tenía  una gran vida interior, muy rica; - y sigo teniendo ese mundo dentro de mi...-  Mi hermana en sus brazos, porque era tan chiquitina que era imposible que nos pudiese seguir el ritmo. El olor del café tostado nos invadía en cuánto alcanzábamos la calle Concepción Arenal. Es olor, me daba algo de calor. Por aquél entonces yo no sabía que provenía de un tostadero de café. Para mi era la olor de la cercanía de la casa de los yayos, en el  barrio de San Andrés.
Subíamos al cuarto piso de un bloque antiguo, iluminado con tristes bombillas de color sepia, sin ascensor y con un “Principal” pintado en caligrafía negra a pincel de brocha gorda , y allí nos quedábamos mientras ella se iba a trabajar.
Mi abuela nos esperaba con su bata de andar  por casa, aún despeinada y mirando desde arriba, desde su rellano, con los brazos cruzados sobre la baranda. Poco a poco íbamos subiendo. Al llegar arriba, la sonrisa, el beso y a dormir un ratito más. A veces mi abuelo ya se había ido a trabajar y entonces nos metía en la cama con ella y nos daba el calor que habíamos perdido en el trayecto desde Horta.
Tengo el recuerdo haber dormido en una cama supletoria, con un colchón de muelles que chirriaba a cada suspiro que se daba. Entonces, para no molestar,  me quedaba quieta, muy quieta. Supongo que serían los días que por cambio de turno mi abuelo trabajaba de noche y al llegar nosotras él aún dormía. Allí, en aquél catre bajo la ventana que había en su habitación, recuerdo muchos ratos despiertos mirando hacia arriba,  a la mesita de noche de mi abuelo, esperando a que mi abuela, en susurros, me llamara para poder salir de la cama. Y allí, sobre la mesilla de noche de mi abuelo, junto al despertador de campana y su odioso tic-tac, la loción del “Tío del Bigote”  y el vaso de agua, a veces  había un bote de cristal de Vicks-vapor-up. A través de aquel botecillo, se reflejaba la luz que entraba por las rendijas de la persiana y se transformaba en un color  mágico, azul oscuro, casi morado: el color más maravilloso que hay en el mundo. Desde entonces siempre ha sido mi color preferido, el color más bonito del mundo mundial!
 


 

domingo, 2 de septiembre de 2012

El secreto esta en dar.


Puede que si, que no sea más que intentar ser  cortes -que no hipócrita-, pero desear felicidad a la gente es algo que últimamente hago mucho.

Y no es que me falten problemas: tengo para dar y regalar, como todos en estos tiempos: económicos, familiares, laborales. Hasta de salud, que la semana que viene tengo cita con un cirujano para operarme…. (nada importante, no sufráis) Pero dentro de mí me siento bien: tranquila, serena, plena.

Mi risa ha cambiado, noto que suena realmente alegre. Me rio por cualquier cosa. A veces voy por la calle, recuerdo algo y se me escapa una carcajada, que más de una vez he de disimular como si fuera un golpe de tos…. Solo faltaría que a estas alturas me tomaran por loca….

Aunque raro es el día, bueno mejor dicho la noche,  en el que también  no derrame alguna lágrima.  Cómo se nota la vena geminiana…. Rio y lloro, dia y noche,  y consigo un perfecto equilibrio!

Pero cuando maquillo mis ojos, la mirada que me devuelve el espejo es de complicidad: esta cara mía,  ya madura,  me mira, me guiña un ojo y me dice: “tonta, no le des más vueltas, VIVE!!!”  y me sonríe. Este si que es un espejo mágico y no el de la madrasta de Blancanieves…. Jejejeje.

Debe ser eso: que al desear felicidad,  la gente me devuelva el mismo deseo y algo se cumple.  Pruébalo. Da, desea cosas buenas, vive en positivo y verás que algo vuelve.  Es como un hechizo, pero  este te aseguro que funciona