El tiempo pasa tan deprisa, que casi no me he dado cuenta de ello.
Los años van pasando cada vez a una velocidad más vertiginosa. Hace cuatro días yo no era más que una adolescente enamorada de “Los Pecos” (del moreno, el rubio me parecía “rarito”), gritando en sus conciertos y preocupadísima por mis granos en la frente, mi pelo lacio y mi pecho que con catorce años no acababa de crecer y ahora... ahora discuto tomando parte de las decisiones de la vida de otras personas.
Hace nada y menos, los que ahora son mayores, eran gente de mi edad. Gente con nervio y valía que se ocupaban de todos los asuntos familiares, que no dejaban nada suelto ni al azar. Gente de otra generación y de otra pasta. Ahora ellos nos necesitan y “malahuradament” yo no puedo, o no quiero, hacer lo que ellos me piden.
Trabajar ocho horas fuera de casa, una hora larga de desplazamientos en coche, ocuparme de mi casa, y acudir –cada vez menos- al gimnasio para estirar esta espalda cada vez más curvada y mover mis piernas cada vez más pesadas y varicosas, me impiden cumplir con una serie de obligaciones que hasta no hace mucho, pasaban generacionalmente de padres a hijos de la manera más natural del mundo.
Claro que podría ceder parte, o todas, las “obligaciones añadidas”, para dedicarme a ellos . Es lo que hace mucha gente. Pero soy tan sumamente cobarde – o egoísta, o mala persona- que no quiero. No sirvo para cuidar la vejez. No me gusta. Ya de niña me alejaba de los ancianos. Me deprime el dolor, el sufrimiento, las quejas me exasperan, y el olor me marea. Me envejezco yo. Y no quiero. No pretendo excusarme ni que lo entendáis: es como YO me siento. Sé que no es lo políticamente correcto y que es una parte de mi que, al desvelarla, me delatará como una mala persona. Lo sé. Pero no me importa. Ésta parte de mi la tengo muy asumida.
Es difícil de explicar y de comprender. Lo bonito, lo ético y lo humano sería decir: “no os preocupéis, yo me vengo aquí con vosotros, dejo mi vida y mi mundo, y os cuido el tiempo que haga falta, que para eso está la familia”, pero no puedo... Sé que me hundiría. Llevo mucho tiempo en una línea de flotación muy muy estrecha y sólo es cuestión de tiempo que una leve brisa me tumbe hacia un lado del que sé, por experiencias cercanas, que cuesta mucho tocar fondo y subir.
Y éso no hace que sienta por ello menos cariño del que sentía antes, cuándo eran más jóvenes. Es difícil de explicarlo, porque sigo apreciándoles igual que hace 30 años. Me cuesta ver que ya son unos ancianos cada vez más desvalidos, porque para mi siguen siendo una mujer de armas tomar y un hombre cariñoso. Y no tiene nada que ver que no sean “mi sangre”, eso son tonterías.
Yo estaré ahí –como siempre he estado- en los momentos críticos, para ayudar con todo lo que esté en mi mano. Pero no puedo hipotecar mi vida, dejar mi casa y mi mundo para vivir con ellos y cuidarles. Ni siquiera los fines de semana. No sirvo para ello.
No pretendo aceptación, porque sé que no la hay. Ni comprensión, porque aunque me cuesta, soy coherente conmigo misma y me comprendo, que es lo importante. Es sólo que necesitaba sacarlo de dentro de mi. Lo ideal sería ser de otra manera, cómo es la mayoría, pero lo siento: no puedo.
Deberían entender que en la vida a mi ya no me sirve el todo o el nada, el blanco o el negro, el estás o no estás... Porque yo seguiré estando ahí, pero sin firmar un contrato de exclusividad, ni siquiera a tiempo parcial. No quiero.





