viernes, 30 de septiembre de 2011

Tempus fugit sicut nubes quasi naves velut umbra "El tiempo vuela como las nubes, como las naves, como las sombras"...



El tiempo pasa tan deprisa, que casi no me he dado cuenta de ello.

Los años van pasando cada vez a una velocidad más vertiginosa. Hace cuatro días yo no era más que una adolescente enamorada de “Los Pecos” (del moreno, el rubio me parecía “rarito”), gritando en sus conciertos y preocupadísima por mis granos en la frente, mi pelo lacio y mi pecho que con catorce años no acababa de crecer y ahora... ahora discuto tomando parte de las decisiones de la vida de otras personas.

Hace nada y menos,  los que ahora son mayores, eran gente de mi edad. Gente con nervio y valía que se ocupaban de todos los asuntos familiares, que no dejaban nada suelto ni al azar. Gente de otra generación y de otra pasta. Ahora ellos nos necesitan y “malahuradament” yo no puedo, o no quiero,   hacer lo que ellos me piden.

Trabajar ocho horas fuera de casa, una hora larga de desplazamientos en coche, ocuparme de mi casa, y acudir –cada vez menos- al gimnasio para estirar esta espalda cada vez más curvada y mover mis piernas cada vez más pesadas y varicosas, me impiden cumplir con una serie de obligaciones que hasta no hace mucho, pasaban generacionalmente de padres a hijos de la manera más natural del mundo.

Claro que podría ceder parte, o todas,  las “obligaciones añadidas”, para dedicarme a ellos . Es lo que hace mucha gente. Pero soy tan sumamente cobarde – o egoísta, o mala persona- que no quiero. No sirvo para cuidar la vejez. No me gusta. Ya de niña me alejaba de los ancianos. Me deprime el dolor, el sufrimiento,  las quejas me exasperan, y el olor me marea.  Me envejezco yo. Y no quiero. No pretendo excusarme ni que lo entendáis: es como YO me siento. Sé que no es lo políticamente correcto y que es una parte de mi que, al desvelarla,  me delatará como una mala persona. Lo sé. Pero no me importa.  Ésta parte de mi la tengo muy asumida.

Es difícil de explicar y de comprender. Lo bonito, lo ético y lo humano  sería decir: “no os preocupéis, yo me vengo aquí con vosotros, dejo mi vida y mi mundo,  y os cuido el tiempo que haga falta, que para eso está la familia”, pero no puedo... Sé que me hundiría. Llevo mucho tiempo en una línea de flotación muy muy estrecha y sólo es cuestión de tiempo que una leve brisa me tumbe hacia un lado del que sé,  por experiencias cercanas, que cuesta mucho tocar fondo y subir.

Y éso no hace que sienta por ello menos cariño del que sentía antes, cuándo eran más jóvenes. Es difícil de explicarlo, porque sigo apreciándoles igual que hace 30 años. Me cuesta ver que ya son unos ancianos cada vez más desvalidos, porque  para mi siguen siendo una mujer de armas tomar y un hombre cariñoso. Y no tiene nada que ver que no sean “mi sangre”, eso son tonterías.

Yo estaré ahí –como siempre he estado- en los momentos críticos,  para ayudar con todo lo que esté en mi mano. Pero no puedo hipotecar mi vida, dejar mi casa y mi mundo para vivir con ellos y cuidarles. Ni siquiera los fines de semana. No sirvo para ello.

No pretendo aceptación, porque sé que no la hay. Ni comprensión, porque aunque me cuesta, soy coherente conmigo misma y me comprendo, que es lo importante. Es sólo que necesitaba sacarlo de dentro de mi. Lo ideal sería ser de otra manera, cómo es la mayoría,  pero lo siento: no puedo. 

Deberían entender que en la vida a mi ya no me sirve el todo o el nada, el blanco o el negro, el estás o no estás... Porque yo seguiré estando ahí, pero sin firmar un contrato de exclusividad, ni siquiera a tiempo parcial. No quiero.




jueves, 22 de septiembre de 2011

UF. Gracias.



Siempre que ha surgido el tema en una conversación, yo me las he dado de valentona: “hay que tomarlo con serenidad”, “el estado de ánimo es muy importante”, “uno no se puede venir abajo”, etc etc

Pero hasta que no le ves las orejas al lobo, no te das cuenta del pavor que provoca pensar que tu puedes ser parte de eso.

Hacía unos cuántos días que no me encontraba bien, no sé si era por estrés o por el cansancio de no dormir bien, todo mezclado con unas terribles agujetas sobre todo en la zona abdominal de la dichosa clase de Bodi-Pump de la semana anterior y para rematar unas gotas de melancolía  (septiembre es lo que tiene, que me crea una tristeza especial). 
Un cóctel perfecto para comerte el coco

Así que cuándo lo noté me asusté. Mucho.

Estaba en el trabajo y cuándo en el lavabo lo noté me petrifiqué.

Me refugié asustada en mi despacho. Si, no había ninguna duda: era un bulto, acabada de tocarme un bulto que no debía estar ahí.
El miedo se transformó en una especie de angustia que me presionaba el pecho.
¿Y ahora, que???

Oyes tantas cosas y te enteras de tantos casos dramáticos que....

La cuestión es que me repetía una y otra vez: “tranquila, espera a que te vea un médico. No te adelantes, espera”... pero no funcionó. Ni eso ni la respiración profunda y pausada , el Reiki, el yoga, el pilates, ni  ninguna técnica de relajación aprendida en los últimos años.  “Mierda, para una vez que las necesito van y me fallan...”

Yo solo quería que un médico, un científico, un galeno me dijese que era ese bulto. No me valían en ese momento las sabidurías espirituales ni los chacras ni ostias mezcladas con incienso. Lo siento.

Creo que debo tener un rostro que no refleja mis emociones, porque nadie de todos aquellos con los que me crucé me notaron nada raro.  No sé.... algún día profundizaré en esto.

Al llegar a casa, me refugié en el lavabo y comprobé que seguía ahí, que no eran imaginaciones mías, o algo pasajero. Allí estaba. Hijo puta!!

En cuánto se lo dije, él me llevó al Hospital.

Esperé para entrar en la puerta A.
Allí la técnico sanitaria tomó mis datos y me colocó una pulsera  en la muñeca derecha. Mi nombre, ni DNI, mi numero de Seguridad Social, el del Historial ....

DIOS!!! Odio el Hospital. Por lo que me recuerda, por lo vivido. No se que cojones tiene, pero siempre intento no mirar este edificio cuándo me acerco a él.

Dijeron mi nombre por megafonía : “Acceda a la puerta entrada a Urgencias” completó la voz metalizada. Allí un muchacho joven me sonrió y me dijo “acompáñame, vamos a dar un paseo. El servicio que te ha de atender está en el otro lado del hospital.”

DIOS!! A dónde me iba a llevar???? 

El vacío en mi estómago era cada vez mayor. Aquellos pasillos largos y vacíos no se acababan nunca. Y los cristales opacos, y las paredes amarillas, y el olor disimulado de la enfermedad y los desinfectantes.... La  maldita sensación de vértigo me estaba ahogando.

Llegamos a un pabellón en el que ponía OBSTETRICIA SALA A; “...espera aquí, ahora te llamarán” –me dijo el chico sonriéndome otra vez. (por cierto, un chico muy guapo ahora que le veía la cara. Todo el trayecto lo hice siguiendo sus pasos, detrás de él y absorta en mis nervios  apenas fijé en su cara cuándo me vino a recibir a la puerta de urgencias.)

Al momento me salieron a buscar dos chicas, jóvenes. Encantadoramente simpáticas. Tranquilizadoras vestidas con sus pijamas blancos y los bolsillos llenos de bolígrafos de colores. Sonrientes.
-Cuéntanos que te pasa -  me dijo la más mayor de las dos. Sus gafas de pasta roja subían y bajaban atentas a mi explicación al mismo ritmo que los vaivenes de su cabeza.

Narré mi odisea: que si el mal estar, que si el dolor en el bajo abdomen, que si hoy lo he notado, me lo he tocado y es grande, que POR DIOS!! decidme que qué es esto.

Mi tensión estaba por las nubes.

Me desnudé de cintura para abajo y me senté en el potro (no podía llamarse de otra manera, igual que un maldito aparato de tortura medieval). Coloqué mis piernas una a cada lado de aquellos estribos, cubrieron mi pecho hasta los muslos  con una tela rígida, blanca, serigrafiada con el logo del hospital, una sábana dura y  fría. Giré mi cabeza a la izauierda, cerré mis ojos y me exploraron.

Lo tocaron:  si, aquí está. Espera que llamo a la ginecóloga”   

Entraron las dos hablando en susurros entre ellas.  La doctora me sonrió. Me pidió que le contara de nuevo lo que me pasaba, y ala, otra vez:  que si el mal estar, que si el dolor en el bajo abdomen, que si....

Estuvo trasteándome un buen rato. Con sus manos enguantadas en látex y con instrumental plateado.  DIOS!! Dolía!!.  Empezó a hablarme y oí lo que hacía más de 5 horas estaba deseando oír: “tranquila, no es más que un absceso., No le des más importancia. Ahora te digo como tratarlo y en unos días si no desaparece,  si tu cuerpo no lo reabsorbe,  vuelve que te haré una pequeña incisión y acabamos con él”

Soplé. Solté el aire con un poco más de fuerza y ruido de lo normal y las tres mujeres sonrieron conmigo.
 -quizá no debería haber venido, pero es que me asusté...creí que era algo malo y...

 - Tranquila. Haz hecho bien en venir. Siempre que notes algo raro en tu cuerpo no dudes en consultarnos. Para eso estamos”

-Sigue con la tensión alta y su temperatura es de 35.5

-Dejadla un cuarto de hora aquí tumbada y volved a tomarle la presión.



5 horas de angustia.
5 horas intentando no ser negativa.
5 horas arreglando mi futuro.
5 horas de pavor
5 horas llorando en silencio y muerta de miedo.

Uf... soplé de nuevo dos o tres veces más.


Mi tensión no bajaba. Le dije a las chicas de los bolis de colores en el bolsillo que me tenía que ir, que la tensión alta seguro que era por los nervios pasados. Les tuve que prometer que al día siguiente me tomaría la tensión y que si seguía igual iría a mi médico de cabecera. 

Volví sola por otro camino a la sala de Urgencias.
Esta vez, las paredes eran azules y no habían cristales opacos. Estaban cambiados por puertas de madera color pino, cerradas  a cal y canto. Seguía odiando aquél hospital, igual que hace 11 años. Seguía oliendo igual que entonces: con un desinfectante que intenta disimular el olor a enfermedad.

Una enfermera rubia que corría  arrastrando los pies se cruzó conmigo y me sonrió.

Le devolví la sonrisa y me prometí a mi misma que a partir de ese momento iba a sonreír mucho más.



  que los recortes económicos sanitarios están haciendo mucho daño en Sanidad pública.
Pero aquellas tres mujeres del servicio de Obstetricia  de la sala A del Hospital de mi zona, desbordaban serenidad, tranquilidad, simpatía, seguridad, humanidad,...

Y eso no hay gobierno que lo recorte. 
Gracias  chicas.













miércoles, 21 de septiembre de 2011

El arte de aprender y de enseñar.


  
Hace ya unos meses que tenemos un nuevo  inquilino en casa. La verdad es que a mi particularmente me encanta que esté con nosotros,  me hace una gran compañía y es un gran confidente: ya le puedes explicar lo que sea, que no se lo dice a nadie. Además es el primero que al levantarme por la mañana salta del sofá con alegría (amb il.lusió)  para darme  los buenos días y el último en despedirse de mi por la noche: me acompaña con su mirada penetrante hasta que cierro la puerta de mi dormitorio.

Vivir con alguien nuevo tiene sus inconvenientes, por supuesto. Pero siempre aprendes nuevas cosas. Aprendes y enseñas.

Y ahí es dónde voy, quiero haceros cómplices de las cosas que mi nuevo inquilino a aprendido desde que esta con nosotros. Para empezar os diré que estoy hablando de un buldog francés,...aunque ahora dudamos: creemos que a parte de francés es de Chicago. No sé, no entiendo de “marcas” (una tarde un niño me dijo, acariciándole el lomo: Que bonito, ¿de que marca es?. Y desde entonces, me gusta más lo de “marca” que lo de “raza” , suena menos clasista ¿verdad?).


Nuestro inquilino, mi nieto-perruno en cuestión,  es un machote de casi dos años y medio,  se llama BENJI, ...y es un amor.


La gente que me conoce sabe que nunca, jamás, bajo ningún concepto nunca, jamás, me han gustado los animales: ni los cachorros ni los viejunos.  Ninguno. Ni con plumas ni con pelos.  Ni gatos, pájaros, hamsters, perros, peces.... nada. Que no. Por más chiquitito y gracioso que fuera, por más suave o colorido, nunca jámás me han gustado los bichos.
Más que no gustarme creo que sé lo que me pasa: me dan miedo.  Debe ser algún trauma infantil, creo.

Pero es que Benji es diferente...

Cuándo entró en casa no era más que una bolita blanca con manchitas negras que cabía en la palma de una mano. Cuándo me dijeron: “Toma, cójelo”, me negué. Pero no se en que momento reculé y acabó en mis manos. Y cuándo noté su calor y vi sus ojitos negros y me miró,  se creó un vínculo muy especial entre nosotros. Es de aquellas cosas que sabes que van a ser para toda la vida.  En una casa con dos hombres -mi marido y mi hijo-,  Benjí actúa conmigo de “macho alfa” o “macho dominante”: en cuanto me siento en el sofá se pone a mi lado y estira su cabeza en mi regazo, o pone sus patas sobre mis muslos.  Cuándo cocino, se tumba a mi lado, igual que cuándo me seco el pelo: él siempre ahí, controlándome. Sabe que soy la hembra de la manada y los cánidos se ve que todavía no entienden de igualdad de sexos y cree que me ha de “controlar”.

La cuestión es que ha llegado a vivir con nosotros ya enseñado: no ensucia en casa y si lo hace, muy decoroso él, se va al lavabo (en el suelo, eso si... su estatura no le permite llegar a la taza porque si no estoy convencida que lo haría dentro).  A la orden de “sit” o de un  “que hay que hacer” se sienta sobre sus patas traseras;  te da las patitas alternativamente “dame una...la otra”; se hace el muerto..... y todas las cosas que deben ser típicas perrunas. Supongo.

Pero hay algo que ha aprendido en casa: a hacer el “NIUREYET”!!!!!
Os  explico: un día cuándo acabo de orinar en un descampado, rascó con sus patas traseras en la arena, primero una y luego la otra. Pero con la particularidad de que mantenía las patas en horizontal unos segundos más de la cuenta. Parecía la pierna de un bailarín toda tensa y musculada ejercitando un “arabesque” y no se me ocurrió más que comentar:

-“Míralo, parece Nureyev”.



Pasaron varios días y no volvió a hacerlo, tan gracioso como le salía. Orinaba con la pata en alto como manda el canon canino, pero dejó de deleitarnos con su pose de bailarín.

Desde entonces mi marido, con toda la paciencia del mundo, a cada rato suelto le decía: NIUREYET y le tiraba, con suavidad, de la pata trasera.  Cosa que ocasionó más de un encontronazo entre él y yo (cada vez más “in crescendo”): desde el  “anda, deja al Benji que lo estresas” , pasando por el “quieres dejar al perro que me estas poniendo nerviosa a mi”  para acabar con el   “estoy hasta los mismísimos de oír Niureyet!!!. Quieres dejar al chucho en paz!!!!” ...

Pero mi marido no desistía. Así que durante unos días “niureyet” y pata en alto nos martirizaron pasillo arriba y pasillo abajo. Al perro y a mi.

El pobre perro no atendía a razones. Al sacarlo a parsear y oir “niureyet”  giraba su cabeza y nos miraba como si estuviésemos locos, que solo le quedaba ladear la cabeza  de un lado a otro, chistar y decirnos “pobrecicos, que pillaos estan” .  Y en cualquier otro momento,  sin orden ninguna y sin venir a cuento, tras orinar, te deleitaba con 6 o 7  niureyets seguidos. “Un descosío de niureyets” como yo digo.

Hasta que un día, mi marido me llamó al trabajo y me dijo: “Lo ha hecho. Ha hecho un niureyet a la orden”.  La verdad, le creí  sabía que Benji y Alberto lo conseguirían, y me sonreí,. Pero yo quería verlo y que me lo hiciera a mi también. Así que en el siguiente paseo y tras su meada de rigor le dije, un poco avergonzada por si alguien me oía: “NIUREYET!!”  y nada... ni puto caso.

Me sentí frustrada (y avergonzada,... creo que me oyeron, jajajaja!!!). Hasta este momento nunca más le vuelto a lanzar la orden –por si acaso me toman por loca- . Dicen que los perros solo tienen un amo y solo obedecen una voz... y os aseguro que no es la mía. Claro, para él yo soy "la hembra"

La cuestión es que le pedí a mi marido que lo grabara, para poder verlo. Y ahí os lo dejo: MI BENJITO HACIENDO UN “ARABESQUE” DE NUREYEV a la orden.

Si es que tengo en casa dos artistas de excepción: a un gran maestro y a un alumno ejemplar. 

Clicad el enlace. Os deleitará.









martes, 6 de septiembre de 2011

A mi padre.

Dentro de pocos días, hará doce años que falta mi padre. Murió la víspera del día de la Mercè. Hubo quien dijo que su madre vino a buscarlo (se llamaba Mercedes).  La cuestión es que hacía tiempo que él quería irse y la realidad fue que su hígado ya no podía más.

Le echo de menos.

En cada ocasión especial de mi vida le busco en mi recuerdo. Cuándo sé que alguno de los míos no está al cien por cien, pido en mis oraciones que le de fuerza desde dónde esté. Cuánto más vieja me hago, más vivo es lo vivido y más recuerdo mi infancia a su lado.  Tanto lo añoro, que son muchas las noches en que en mis sueños le tengo a mi lado, sonriéndome. Aunque no forme parte del sueño, aunque no venga a cuento, él viene a saludarme.

Quizá le he mitificado (suele pasar con los ausentes), pero sé que le hubiera gustado mucho vivir las alegrías que hemos tenido  -pocas-  , y estar ahí en las miles de  tristezas que nos agobian. 

Así que, pápa (así: con acento en la primera A, aunque esté mal escrito): me gustaría tanto  tener cara a cara contigo esta conversación que nos quedó pendiente...  te explicaría el resultado nuestras últimas charlas,

...que te fallé en la promesa de mantener siempre juntos a mis hermanos. Son tan diferentes y tan iguales que, como los imanes, “se repelen”. Y aunque en el fondo sé que se quieren y se necesitan, en el día a día no pueden estar juntos más de media hora sin morderse la lengua o el uno o la otra. Tienen tanto que soltarse que si lo hicieran romperían su unión. E inteligentes como son,  alternativamente van callando: hoy yo y mañana tu. Con frialdad en los ojos y ternura en el corazón. Joder! No sé como te lo hacías, pero solo recuerdo risas entre nosotros cuándo tu estabas: partidas de cartas, juegos de magia, chistes malos...  hasta en los peores momentos estaban juntos los dos: parecían más madre e hijo que hermanos. No recuerdo que ellos dos fueran así mientras tu estuviste aquí.
Claro, que les ha cambiado tanto la vida desde entonces....



Con la máma también te fallé: la dejé sola. Pero es que hizo de su capa un sayo (te explico, según Wikipedia: actuar con absoluta libertad, sin dar cuentas a nadie de la potestad propia) y tras actuar como la mujer fuerte que es decidió que prefería esa faceta a la de viuda y madre solitaria. O  quizá fue que los dos papeles no los sabía compaginar... no lo sé. Yo creo que se puede ser viuda y madre y novia, si se saben hacer bien las cosas. Si se saben priorizar las cosas.
La cuestión es que primero a fuerza de su soledad –no la juzgo: acostumbrarte a vivir solo después de 40 años debe ser muy duro-  y luego tras desaparecer su novio, los reproches acabaron por congelar a la madre que tenía.
Ahora la conozco de otra manera y la respeto y quiero como mujer, pero como madre no puedo. Me ha costado mucho entenderlo, no te creas....  Le he dado mil vueltas a tu frase de “no la conocéis” y creo que tienes razón. Ni nosotros ni ella misma se conoce. Es una mujer generosa, inteligente e independiente. Tanto que cree con absoluta firmeza que el resto del mundo esta equivocado, y ella no. Y no duda en soltártelo a la primera de cambio. Le cuesta creer que de verdad adoro a "mis errores" y que me gusta la vida que vivo, que no la cambiaría por nada.

Es por esto que no puedo estar con ella más de dos copas de cava  sin que aparezcan las críticas, las recriminaciones..  el que no la entendimos ni apoyamos y que  por eso falló su vida y se fue su alegría (tu no, su novio. Ea! lo que hay que oir!!!!...). Ella cree firmemente en lo que dice. Y yo no. Yo ya no quiero volver a oírlo más, porque ya no me duele: me da la risa, y eso hace que me de miedo de mi misma.



Y aunque te dije que no, que yo no iría al cementerio, que eso es de viejas de pueblo y que yo no sirvo para esas cosas, no dejo de ir siempre que puedo y siempre que me necesitas.  Al principio, como todo, mis visitas eran más continuas. Ahora, después de los años solo voy cuándo noto que he de ir. No sé como, pero lo noto.

Allí subo hasta el  último peldaño de la escalera metálica más alta  y tétrica que he visto en mi vida y sin trazas de vértigo  -tanto como tengo normalmente, que hasta me cuesta tender la ropa en mi galería!-,  te limpio los detalles que los tuyos te hemos dejado sobre la reprisa cubierta por un tapete tejido de ganchillo rociado con lágrimas de mi hermana y te abrillanto el cristal, el mármol, las letras de tu nombre y las fechas,  y los jarrones de metal.  Y si es necesario cambio tus flores y las ornamento lo mejor que se: llevo mi bolsa con el “mossi”, las tenazas de mi marido y ala!:  a hacer ramos con los ramilletes de flores artificiales. Cómo las viejas de los pueblos, que solo me falta la bata, el delantal,  el pañuelo en la cabeza y las zapatillas en los pies. Quién me lo iba a decir a mi!!!.

Pero ¿sabes?: lo hago con gusto. Allí casi no hablamos a no ser que tenga algo importante que decirte. Allí mientras limpio rezo, como las viejas. Y doy gracias al cielo por ser Álvarez. Tan Álvarez como Leal. 

Y a solas, como si fuera algo vergonzoso,  siento orgullo de ti.

Así que ya ves: dos de tres.

Te he fallado en lo más importante, pero sé que no me lo tienes en cuenta, que a ti te hubiera pasado lo mismo. Si hubieses vivido los últimos diez años, lo hubieras visto.  Las dos primeras promesas eran muy difíciles de llevar a cabo, mucho.

Y aunque no las cumplí, creo que ha sido para mejor. Todos tenemos que soltar algo de lastre en la vida porque, aparte de hermanos e hijos, ahora nosotros  también somos padres. Y hay un momento en la vida en el que empieza a ser más importante lo que tu creas que lo que han creado los demás.

Y para que te quede muy claro: tu creaste una gran familia. Quizá no en número, pero si en calidad humana, en  AMOR con mayúsculas. Que a tus hijos aún se nos humedecen los ojos cuando hablamos de ti. Que tus yernos te siguen respetando. Que tus nietos no te olvidan y te quieren, que hasta el nieto que no te conoce sabe de ti!!!. Yo ya firmaba con dejar ese legado cuándo me vaya!

Y no lo dudes ni un momento: ven a verme siempre que puedas, adoro tu sonrisa. Cómo cuándo era niña.