Hace ya unos meses que tenemos un nuevo inquilino en casa. La verdad es que a mi particularmente me encanta que esté con nosotros, me hace una gran compañía y es un gran confidente: ya le puedes explicar lo que sea, que no se lo dice a nadie. Además es el primero que al levantarme por la mañana salta del sofá con alegría (amb il.lusió) para darme los buenos días y el último en despedirse de mi por la noche: me acompaña con su mirada penetrante hasta que cierro la puerta de mi dormitorio.
Vivir con alguien nuevo tiene sus inconvenientes, por supuesto. Pero siempre aprendes nuevas cosas. Aprendes y enseñas.
Y ahí es dónde voy, quiero haceros cómplices de las cosas que mi nuevo inquilino a aprendido desde que esta con nosotros. Para empezar os diré que estoy hablando de un buldog francés,...aunque ahora dudamos: creemos que a parte de francés es de Chicago. No sé, no entiendo de “marcas” (una tarde un niño me dijo, acariciándole el lomo: Que bonito, ¿de que marca es?. Y desde entonces, me gusta más lo de “marca” que lo de “raza” , suena menos clasista ¿verdad?).
Nuestro inquilino, mi nieto-perruno en cuestión, es un machote de casi dos años y medio, se llama BENJI, ...y es un amor.
La gente que me conoce sabe que nunca, jamás, bajo ningún concepto nunca, jamás, me han gustado los animales: ni los cachorros ni los viejunos. Ninguno. Ni con plumas ni con pelos. Ni gatos, pájaros, hamsters, perros, peces.... nada. Que no. Por más chiquitito y gracioso que fuera, por más suave o colorido, nunca jámás me han gustado los bichos.
Más que no gustarme creo que sé lo que me pasa: me dan miedo. Debe ser algún trauma infantil, creo.
Pero es que Benji es diferente...
Cuándo entró en casa no era más que una bolita blanca con manchitas negras que cabía en la palma de una mano. Cuándo me dijeron: “Toma, cójelo”, me negué. Pero no se en que momento reculé y acabó en mis manos. Y cuándo noté su calor y vi sus ojitos negros y me miró, se creó un vínculo muy especial entre nosotros. Es de aquellas cosas que sabes que van a ser para toda la vida. En una casa con dos hombres -mi marido y mi hijo-, Benjí actúa conmigo de “macho alfa” o “macho dominante”: en cuanto me siento en el sofá se pone a mi lado y estira su cabeza en mi regazo, o pone sus patas sobre mis muslos. Cuándo cocino, se tumba a mi lado, igual que cuándo me seco el pelo: él siempre ahí, controlándome. Sabe que soy la hembra de la manada y los cánidos se ve que todavía no entienden de igualdad de sexos y cree que me ha de “controlar”.
La cuestión es que ha llegado a vivir con nosotros ya enseñado: no ensucia en casa y si lo hace, muy decoroso él, se va al lavabo (en el suelo, eso si... su estatura no le permite llegar a la taza porque si no estoy convencida que lo haría dentro). A la orden de “sit” o de un “que hay que hacer” se sienta sobre sus patas traseras; te da las patitas alternativamente “dame una...la otra”; se hace el muerto..... y todas las cosas que deben ser típicas perrunas. Supongo.
Pero hay algo que ha aprendido en casa: a hacer el “NIUREYET”!!!!!
Os explico: un día cuándo acabo de orinar en un descampado, rascó con sus patas traseras en la arena, primero una y luego la otra. Pero con la particularidad de que mantenía las patas en horizontal unos segundos más de la cuenta. Parecía la pierna de un bailarín toda tensa y musculada ejercitando un “arabesque” y no se me ocurrió más que comentar:
-“Míralo, parece Nureyev”.
Pasaron varios días y no volvió a hacerlo, tan gracioso como le salía. Orinaba con la pata en alto como manda el canon canino, pero dejó de deleitarnos con su pose de bailarín.
Desde entonces mi marido, con toda la paciencia del mundo, a cada rato suelto le decía: NIUREYET y le tiraba, con suavidad, de la pata trasera. Cosa que ocasionó más de un encontronazo entre él y yo (cada vez más “in crescendo”): desde el “anda, deja al Benji que lo estresas” , pasando por el “quieres dejar al perro que me estas poniendo nerviosa a mi” para acabar con el “estoy hasta los mismísimos de oír Niureyet!!!. Quieres dejar al chucho en paz!!!!” ...
Pero mi marido no desistía. Así que durante unos días “niureyet” y pata en alto nos martirizaron pasillo arriba y pasillo abajo. Al perro y a mi.
El pobre perro no atendía a razones. Al sacarlo a parsear y oir “niureyet” giraba su cabeza y nos miraba como si estuviésemos locos, que solo le quedaba ladear la cabeza de un lado a otro, chistar y decirnos “pobrecicos, que pillaos estan” . Y en cualquier otro momento, sin orden ninguna y sin venir a cuento, tras orinar, te deleitaba con 6 o 7 niureyets seguidos. “Un descosío de niureyets” como yo digo.
Hasta que un día, mi marido me llamó al trabajo y me dijo: “Lo ha hecho. Ha hecho un niureyet a la orden”. La verdad, le creí sabía que Benji y Alberto lo conseguirían, y me sonreí,. Pero yo quería verlo y que me lo hiciera a mi también. Así que en el siguiente paseo y tras su meada de rigor le dije, un poco avergonzada por si alguien me oía: “NIUREYET!!” y nada... ni puto caso.
Me sentí frustrada (y avergonzada,... creo que me oyeron, jajajaja!!!). Hasta este momento nunca más le vuelto a lanzar la orden –por si acaso me toman por loca- . Dicen que los perros solo tienen un amo y solo obedecen una voz... y os aseguro que no es la mía. Claro, para él yo soy "la hembra"
La cuestión es que le pedí a mi marido que lo grabara, para poder verlo. Y ahí os lo dejo: MI BENJITO HACIENDO UN “ARABESQUE” DE NUREYEV a la orden.
Si es que tengo en casa dos artistas de excepción: a un gran maestro y a un alumno ejemplar.
Clicad el enlace. Os deleitará.

No hay comentarios:
Publicar un comentario