Dejadme que os lo explique, mi señor, de la forma más dulce que conozco: susurrándooslo en el oído.
Cerrad vuestros ojos, ...relajaos de nuevo. Vuestras luchas contra nobleza y cruzados quedan lejanas. Ahora en este aposento y a la luz del alba solo estamos vos y yo. Ha sido larga la noche con vinos y bailes en palacio y antes caer dormida abrazada a vos, quiero que conozcáis algo.
Apoyad vuestra cabeza en mi regazo y escuchadme con el alma. Imaginad mi mar, un mar entre tierras, el más hermoso que hayáis surcado nunca en vuestro navío: un mar noble, brillante, tranquilo; aromatizado suavemente con las algas de la bajamar y la brisa de los suspiros de las sirenas.
Aún quedan estrellas en el firmamento. La luna no quiere abandonar el cielo. Pero empiezan a surgir los primeros rayos del alba, y ella solitaria, parte a ningún lugar, resignada.
Empiezan a cambiar los colores en el horizonte. Naranjas y rojos pugnan en una batalla que saben ganada de antemano contra azules y grises. El mar ya no es plateado. Ahora resplandece dorado, cual oro de vuestras capturas traídos de la lejanía de mil y un mares lejanos y bravíos.
Y justo en el centro de mi mar, empieza a temblar el fulgor de la luz anaranjada más hermosa que vos jamás hayáis podido imaginar. Avanza lentamente, cual Rey que es, volcando sobre el mundo su arrojo y gallardía.
En cuestión de segundos, el astro impera en el firmamento. Su calor estremece. Su belleza enamora.
Ese es mi sol.
Y el vuestro, Mi Señor.



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