martes, 6 de marzo de 2012

Milady, contadme... ¿cómo es vuesto sol?



Dejadme que os lo explique, mi señor, de la forma más dulce que conozco: susurrándooslo en el oído.

Cerrad vuestros ojos, ...relajaos de nuevo. Vuestras luchas contra nobleza y cruzados quedan lejanas.  Ahora en este aposento y a la luz del alba solo estamos vos y yo.  Ha sido larga la noche con vinos y bailes en palacio y antes caer dormida abrazada a vos, quiero que conozcáis algo.

Apoyad vuestra cabeza en mi regazo y escuchadme con el alma.  Imaginad mi mar,  un mar entre tierras, el más hermoso que hayáis surcado nunca en vuestro navío: un mar noble,  brillante, tranquilo; aromatizado suavemente con las  algas de la bajamar y la brisa de los suspiros de las sirenas.

Aún quedan estrellas en el firmamento. La luna no quiere abandonar el cielo. Pero empiezan a surgir los primeros rayos del alba, y ella solitaria, parte a ningún lugar, resignada.




Empiezan a cambiar los colores en el horizonte. Naranjas y rojos pugnan en una batalla que saben ganada de antemano contra azules y grises.  El mar ya no es plateado. Ahora resplandece  dorado, cual oro de vuestras capturas traídos de la lejanía de mil y un mares lejanos y bravíos.
Y justo en el centro de mi mar, empieza a temblar el fulgor de la luz anaranjada más hermosa que vos jamás hayáis podido imaginar. Avanza lentamente, cual Rey que es, volcando sobre el mundo su arrojo y gallardía.



En cuestión de segundos, el astro impera en el firmamento. Su calor estremece. Su belleza enamora.

Ese es mi sol.
  


Y el vuestro, Mi Señor.




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