Pues eso: que las Ramblas ya no son lo que eran. Yo, sintiéndolo mucho, prefiero la Barcelona pre-pre-pre-olimpiadas. Por aquella época sentí muy de cerca muchas de las calles de Ciutat Vella (sobre todo del Gótic ), y recuerdo muchas tardes de paseo por Las Ramblas entre el 1979 y 1981, y ya no son aquellas las mismas calles que me enamoraron con quince años. Estan perdiendo –si no lo han perdido ya del todo- el encanto de los comercios de antaño. Mucha gente de hoy en día no sabe que allí estaban las más selectas paragüerias, armerías, cuchillerías, sastrerías, los primeros grandes almacenes...
Recuerdo como se distinguía claramente el paso entre las distintas Ramblas: los kioscos de prensa con sus toldos verdes y sus diarios amontonados con algún trozo grande de piedra encima para que no se volaran sus páginas; las flores en cubos de plásticos –los mismos que utilizaba mi madre para fregar- hermosas y olorosas a rebosar, y las dependientas cuarentonas maquilladísimas sonriendo y haciendo comentarios picarones cuándo mi chico paraba a comprarme una rosa. Los pajaritos enjaulados y de mil formas, colores y trinos diferentes. Los pintores callejeros sentados en sillas de camping sujetando sus carboncillos en la boca y apoyándo el lienzo en sus rodillas dibujando retratos y exponiendo sus dibujos colgados con pinzas de ropa. Cuándo llegabas casi al final de Ramblas (a lo que yo conocía por Capitanía) empezabas a ver gente más variopinta: se notaban los problemas de alcohol y drogas que tanto daño hicieron a mi generación. Indigentes estirando su mano para pedirte una moneda e ir a por más vino o jaco. Y la prostitución empezaba a asomarse con el olor del mar. Mujeres y hombres ataviados con los colores más variopintos y los vestuarios más estrafalarios te ofrecían sus encantos con guiños, susurros y cantos. El mundo de Ocaña campaba por allí a sus anchas
Notabas el sol caer entre los plataneros y subías y bajabas las Ramblas paseando, sin prisas. Sonreías al limpiazapatos que te guiñaba un ojo mientras lustraba los zapatos de algún señor trajeado que ojeaba el diario y alquilabas una silla para sentarte un ratito a descansar viendo pasar a la gente. Algún músico tocaba la guitarra y en la funda abierta a sus pies, repicaban las monedillas que les dejaban.
Durante el día y hasta bien entrada la tarde, podías pasear sin ser arrastrado por una marabunta de extranjeros; sin miedo a que te pudiera rodear ningún grupo de muchachos como si fueran tus colegas, para intentar robarte. Sin estatuas humanas porque habían muchas otras estatuas no humanas que mirar: fuentes, farolas, edificios, teatros, palacios, mercados, iglesias,... Arcos y palmeras te asaltaban por cualquier esquina; dragones chinos en las fachadas vigilaban tu camino y hasta pusieron un Miró por los suelos, para descansar las cervicales de tanto que había por ver.
Ea, pues como diría Antonio Machado: todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar. Y yo paso de la Rambla touristic point.




toy talmente deacuerdo contigo, amiga. Y no solo las Ramblas, vas por el Paralell y parece que estés en un barrio extranjero, y lo mismo en el Raval. Parece que es el precio de la "globalización". Tengo un vecino que me comentaba con lagrimas en los ojos, que toda la vida había vivido en el Paralelo y que al finla tuvo que marchar del lugar porque en su edificio ya no había ni un solo vecino que hablara el catalán... que triste !
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