viernes, 3 de junio de 2011

De la mente a los Templarios (pasando por mi niñez)




Ayer nos encontramos con un amigo de mi marido al que hace unos 10 o 15 años que no veíamos. Y hablando de cosas banales de la vida, soltó una frase con la que yo estoy completamente de acuerdo: “la mente no envejece, yo pienso igual que cuando tenía 20 años”.

Que gran verdad. 

Ya he cruzado los 45 y veo los 50 a la vuelta de la esquina, pero me sigo sintiendo joven y activa. Y aunque cuide mi alimentación de la manera más sana y natural posible, y haga deporte y tenga hobbies activos, y etc etc etc,   mi cuerpo sigue un proceso degenerativo que no lo puede parar el tiempo.  Sé que es natural, que vivir envejece, pero hay una parte de mi que parece revelarse contra ese proceso, que va a un ritmo de envejecimiento muchísimo más lento: mi mente.

Si que es cierto que con los años reafirmas el carácter; digo, siento y vivo las cosas de una manera diferente: más segura y más firme que cuándo tenía veinte años. Debe ser por la experiencia acumulada, porque me he caído y levantado muchas veces a lo largo de tantos años y ya sé que es lo que me hace caer...

Pero sigo cometiendo los mismos errores de cuando era niña. Y sigo teniendo los mismos miedos, las mismas dudas, los mismos anhelos y sueños. Sigo esperando los acontecimientos importantes con la misma ilusión con la que esperaba hace cuarenta años la llegada de los Reyes Magos. Sigo sin ser capaz de decir todo lo que siento, por miedo a que me castiguen sin salir a la calle. Sigo siendo la misma niña prudente a la que enseñaron a mirar a los dos lados de la acera antes de cruzar por si venía algún coche. Y aunque la calle sea de una única dirección hoy en día sigo mirando a los dos lados...

Y aunque vivo hace años con un Príncipe Azul (pero no en un cuento de hadas), sigo esperando  -como cuándo era una niña-  a que vuelva de las Cruzadas del lejano Jerusalén  un guerrero que ya esté de vuelta de todo, cansado de lo vivido y deseando llegar a su palacio a reposar. Que baje de su caballo, clave sus ojos sinceros en mi y me diga: “Tranquila mi Señora, ya estoy aquí.  He tardado en venir, pero  partir de hoy ya no te has de preocupar por nada. Por nada...”

Y dejar envejecer mi cuerpo serenamente junto a mi mente en un remanso de paz y tranquilidad eterna.


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