Consejos.
Hasta hoy no he sabido porqué, pero siempre he sido muy reacia a seguir los consejos que a lo largo de mi vida he recibido. Sólo recuerdo uno, el de mi abuelo el día de mi boda, mientras me besaba emocionado y con su boina a punto de caer y la voz rota me decía al oido: “Pórtate siempre como una mujer” .
Curiosamente esas fueron las mismas palabras que me dijo mi padre, también con la voz temblorosa y acompañadas del característico carraspeo que utilizaba cuándo se emocionaba, mientras salíamos de casa hacia la Iglesia. Y ése “como una mujer”, que he recordado mil veces a lo largo de los años, con el tiempo he entendido perfectamente a que se refería.
La manida frase de “yo no soy quién para darte consejos, pero .....” me la han regalado en bastantes ocasiones. Y acto seguido el “sé que no te va a gustar lo que te voy a decir... “, también. Joder!, pues si no eres quién y no me va a gustar: no me lo digas.
Un consejo considero que ha de servir para ayudar a buscar el interruptor de la luz cuándo estas metido en una nube de humo negro. Para ayudar a buscarlo, no para que te enciendan de golpe 27 cañones de luz en la cara.
Son muy pocas las personas que me piden un consejo. Y hoy me he dado cuenta de que son las personas que más quiero.
Y ante el temido “Rosa, ¿qué hago?”, yo siempre he intentado mimetizarme con la persona que me hacía la pregunta y ser honesta en la respuesta; la mayoría de veces les miro a los ojos y les digo: “tu ya sabes lo que has de hacer” y entonces, aprovecho y añado el: “pórtate siempre como un hobre/mujer”, que a mi tanto me ha ayudado en los momentos difíciles.
Hoy, al leer un buen consejo que le han dado al ser que más quiero en este mundo, me he dado cuenta de porque yo casi nunca sigo los consejos que me han dado (excepto el del día de mi boda) : porque las personas que me los han dado, no se han mimetizado conmigo, no se han metido en mis entrañas y sobre todo: porque no me han querido. Y para dar/recibir un consejo, eso es lo más importante.
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