Siempre que ha surgido el tema en una conversación, yo me las he dado de valentona: “hay que tomarlo con serenidad”, “el estado de ánimo es muy importante”, “uno no se puede venir abajo”, etc etc
Pero hasta que no le ves las orejas al lobo, no te das cuenta del pavor que provoca pensar que tu puedes ser parte de eso.
Hacía unos cuántos días que no me encontraba bien, no sé si era por estrés o por el cansancio de no dormir bien, todo mezclado con unas terribles agujetas sobre todo en la zona abdominal de la dichosa clase de Bodi-Pump de la semana anterior y para rematar unas gotas de melancolía (septiembre es lo que tiene, que me crea una tristeza especial).
Un cóctel perfecto para comerte el coco
Así que cuándo lo noté me asusté. Mucho.
Estaba en el trabajo y cuándo en el lavabo lo noté me petrifiqué.
Me refugié asustada en mi despacho. Si, no había ninguna duda: era un bulto, acabada de tocarme un bulto que no debía estar ahí.
El miedo se transformó en una especie de angustia que me presionaba el pecho.
¿Y ahora, que???
Oyes tantas cosas y te enteras de tantos casos dramáticos que....
La cuestión es que me repetía una y otra vez: “tranquila, espera a que te vea un médico. No te adelantes, espera”... pero no funcionó. Ni eso ni la respiración profunda y pausada , el Reiki, el yoga, el pilates, ni ninguna técnica de relajación aprendida en los últimos años. “Mierda, para una vez que las necesito van y me fallan...”
Yo solo quería que un médico, un científico, un galeno me dijese que era ese bulto. No me valían en ese momento las sabidurías espirituales ni los chacras ni ostias mezcladas con incienso. Lo siento.
Creo que debo tener un rostro que no refleja mis emociones, porque nadie de todos aquellos con los que me crucé me notaron nada raro. No sé.... algún día profundizaré en esto.
Al llegar a casa, me refugié en el lavabo y comprobé que seguía ahí, que no eran imaginaciones mías, o algo pasajero. Allí estaba. Hijo puta!!
En cuánto se lo dije, él me llevó al Hospital.
Esperé para entrar en la puerta A.
Allí la técnico sanitaria tomó mis datos y me colocó una pulsera en la muñeca derecha. Mi nombre, ni DNI, mi numero de Seguridad Social, el del Historial ....
DIOS!!! Odio el Hospital. Por lo que me recuerda, por lo vivido. No se que cojones tiene, pero siempre intento no mirar este edificio cuándo me acerco a él.
Dijeron mi nombre por megafonía : “Acceda a la puerta entrada a Urgencias” completó la voz metalizada. Allí un muchacho joven me sonrió y me dijo “acompáñame, vamos a dar un paseo. El servicio que te ha de atender está en el otro lado del hospital.”
DIOS!! A dónde me iba a llevar????
El vacío en mi estómago era cada vez mayor. Aquellos pasillos largos y vacíos no se acababan nunca. Y los cristales opacos, y las paredes amarillas, y el olor disimulado de la enfermedad y los desinfectantes.... La maldita sensación de vértigo me estaba ahogando.
Llegamos a un pabellón en el que ponía OBSTETRICIA SALA A; “...espera aquí, ahora te llamarán” –me dijo el chico sonriéndome otra vez. (por cierto, un chico muy guapo ahora que le veía la cara. Todo el trayecto lo hice siguiendo sus pasos, detrás de él y absorta en mis nervios apenas fijé en su cara cuándo me vino a recibir a la puerta de urgencias.)
Al momento me salieron a buscar dos chicas, jóvenes. Encantadoramente simpáticas. Tranquilizadoras vestidas con sus pijamas blancos y los bolsillos llenos de bolígrafos de colores. Sonrientes.
-Cuéntanos que te pasa - me dijo la más mayor de las dos. Sus gafas de pasta roja subían y bajaban atentas a mi explicación al mismo ritmo que los vaivenes de su cabeza.
Narré mi odisea: que si el mal estar, que si el dolor en el bajo abdomen, que si hoy lo he notado, me lo he tocado y es grande, que POR DIOS!! decidme que qué es esto.
Mi tensión estaba por las nubes.
Me desnudé de cintura para abajo y me senté en el potro (no podía llamarse de otra manera, igual que un maldito aparato de tortura medieval). Coloqué mis piernas una a cada lado de aquellos estribos, cubrieron mi pecho hasta los muslos con una tela rígida, blanca, serigrafiada con el logo del hospital, una sábana dura y fría. Giré mi cabeza a la izauierda, cerré mis ojos y me exploraron.
Lo tocaron: “si, aquí está. Espera que llamo a la ginecóloga”
Entraron las dos hablando en susurros entre ellas. La doctora me sonrió. Me pidió que le contara de nuevo lo que me pasaba, y ala, otra vez: que si el mal estar, que si el dolor en el bajo abdomen, que si....
Estuvo trasteándome un buen rato. Con sus manos enguantadas en látex y con instrumental plateado. DIOS!! Dolía!!. Empezó a hablarme y oí lo que hacía más de 5 horas estaba deseando oír: “tranquila, no es más que un absceso., No le des más importancia. Ahora te digo como tratarlo y en unos días si no desaparece, si tu cuerpo no lo reabsorbe, vuelve que te haré una pequeña incisión y acabamos con él”
Soplé. Solté el aire con un poco más de fuerza y ruido de lo normal y las tres mujeres sonrieron conmigo.
-quizá no debería haber venido, pero es que me asusté...creí que era algo malo y...
- Tranquila. Haz hecho bien en venir. Siempre que notes algo raro en tu cuerpo no dudes en consultarnos. Para eso estamos”
-Sigue con la tensión alta y su temperatura es de 35.5
-Dejadla un cuarto de hora aquí tumbada y volved a tomarle la presión.
5 horas de angustia.
5 horas intentando no ser negativa.
5 horas arreglando mi futuro.
5 horas de pavor
5 horas llorando en silencio y muerta de miedo.
Uf... soplé de nuevo dos o tres veces más.
Mi tensión no bajaba. Le dije a las chicas de los bolis de colores en el bolsillo que me tenía que ir, que la tensión alta seguro que era por los nervios pasados. Les tuve que prometer que al día siguiente me tomaría la tensión y que si seguía igual iría a mi médico de cabecera.
Volví sola por otro camino a la sala de Urgencias.
Esta vez, las paredes eran azules y no habían cristales opacos. Estaban cambiados por puertas de madera color pino, cerradas a cal y canto. Seguía odiando aquél hospital, igual que hace 11 años. Seguía oliendo igual que entonces: con un desinfectante que intenta disimular el olor a enfermedad.
Una enfermera rubia que corría arrastrando los pies se cruzó conmigo y me sonrió.
Le devolví la sonrisa y me prometí a mi misma que a partir de ese momento iba a sonreír mucho más.
Sé que los recortes económicos sanitarios están haciendo mucho daño en Sanidad pública.
Pero aquellas tres mujeres del servicio de Obstetricia de la sala A del Hospital de mi zona, desbordaban serenidad, tranquilidad, simpatía, seguridad, humanidad,...
Y eso no hay gobierno que lo recorte.
Gracias chicas.